Como padres,
que nos avisen de que nuestro hijo o hija ha agredido a otro niño es una señal
clara de alarma. ¿Tengo un hijo agresivo?,
¿Por qué ha pegado?, Eso no lo ha visto en casa…son algunos de los
pensamientos que se nos pueden venir a la cabeza.
Lo que normalmente no tenemos en
cuenta ni recordamos es que, aunque todos estamos programados para experimentar
emociones desde que nacemos, reconocer esas emociones y saber manejarlas
requiere aprendizaje. Los niños pequeños sienten, pero no saben qué es eso que sienten, ni qué hacer con ello, ni cómo
transmitirlo.
Un niño que se siente feliz
sonríe, un niño triste llora, un niño enfadado…pega o se enrabieta. Los niños
aprenden el significado de lo que sienten viendo a sus padres; muy pronto les
enseñamos que a las personas que se quiere se les dan besos (Dale un besito a la mamá/abuela/amiga…),
pero tendemos a no explicar o dejar de
lado las emociones “negativas”, quizá precisamente porque las consideramos
negativas.
Una emoción no es positiva o
negativa. Estar triste o enfadado no es
malo, simplemente no nos gusta sentirnos así y por eso lo rechazamos, pero
son emociones que nos ayudan a desarrollarnos como personas y que no podemos
eliminar. Cuando perdemos algo o a alguien querido nos sentimos tristes, y debemos sentirnos así, es la respuesta
natural y no se debe negar, rechazar u ocultar.
Y si se comete una injusticia con
nosotros nos enfadamos, y es lógico y normal hacerlo.
Si no reaccionásemos así
estaríamos perdiendo nuestra capacidad de sentirnos afectados por las cosas, lo
que lleva a una impasibilidad, a un “todo me da igual”.
El problema no es el sentimiento, sino lo que hacemos con él, y esa
diferencia es lo que debemos transmitir a nuestros hijos. Cuando un adulto tiene
un conflicto con otro, suele disponer de
varias armas:
-
Saber lo que le ocurre (esta energía que me sale de
dentro es enfado)
-
Saber por qué le ocurre
-
Vocabulario y capacidad para dialogar y expresar
sentimientos
-
Capacidad para buscar soluciones
Sin embargo, un niño pequeño no
posee ninguna de estas habilidades, empezando porque no entiende el
sentimiento. Sólo sabe que, ante una situación, le embarga una necesidad de
actuar, de soltar toda la energía que se le ha acumulado de pronto y que le
lleva a agredir. Si los adultos tendemos a insultar, decir palabrotas, gritar o
llorar cuando estamos muy enfadados, ¿cómo
juzgar a un niño que suelta su enfado pegando?
Ojo, esto no significa que debamos pasarlo por alto o reforzar este tipo de
comportamientos. Al contrario, debemos dejarle bien claro a nuestros hijos
que esa no es la conducta apropiada cuando uno se enfada, regañando o incluso
castigando cuando la situación sea grave o muy repetitiva. Y siempre, acompañando el NO con un ejemplo de lo que
SÍ. Si le decimos a un niño que no debe pegar cuando se enfade, no le
estamos dando solución, sólo limitando sus posibilidades. Los niños pequeños
necesitan que les demos pautas de actuación para entender bien lo que deben
hacer: No se pega, si te quitan un juguete,
se lo dices a la profe, pero no pegas, ¿está claro?
Estas explicaciones están
pensadas para que veamos esta conducta como lo que es, y entender que no debemos
asustarnos ante ella, puede que haya niños que no pasen por esta etapa, pero si
lo hacen, sólo es un momento más de su desarrollo emocional como personitas.
Higinia Fernández Peña
www.psicologiacreciendo.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comparte aquí tus ideas, tus dudas, tu opinión...¡lo que quieras!